“Hola, soy Rayner, necesito trabajo”. Ese cartel, escrito a mano con tinta y esperanza, fue el primer paso de Rayner para comenzar de cero en una ciudad que no conocía. Artigas fue su primer ciudad en Uruguay y en la pandemia.
Desde hace dos años está en Paysandú, trabaja en un hotel, ayuda a su familia en Cuba y es una figura querida en redes sociales, donde se lo conoce como “El cubano de Uruguay”.
Su historia es, a la vez, una crónica de migración, supervivencia y humanidad. Un relato donde la generosidad de los sanduceros y que bueno saberlo y la resiliencia de un joven cubano se cruzan para escribir un testimonio incomensurable.
Rayner nació en Cuba y vivió en Artigas antes de establecerse en Paysandú. Llegó a Uruguay en 2016, buscando un nuevo comienzo. “Vine porque es una ciudad grande, quería probar suerte. En ese momento vivía en Artigas, pero decidí mudarme acá”.
La elección de Uruguay no fue casual: fue la ruta más accesible en medio de un contexto migratorio complejo. “Nosotros pedimos visa para Guyana, que no exige visa a los cubanos. De ahí cruzamos a Brasil, y desde Brasil a Uruguay”. En aquel entonces, no existía el éxodo masivo de cubanos que se intensificó después de 2018. “Yo vine solo. En Cuba quedaron mi papá, mis hermanos y algunos amigos”.
El frío, la nada y un cartel
Rayner llegó en junio, en pleno invierno. “No sabía que acá hacía tanto frío. Venía de estar tres meses en Brasil, en la zona de Boa Vista, donde hace calor. Llegué sin abrigo, sin plata, sin trabajo. Fue muy duro”.
Pagó apenas la mitad de una pensión. Sin conocer a nadie, y sin recursos, se le ocurrió algo simple pero audaz: hizo un cartel pidiendo trabajo. “Todavía lo tengo en casa, quedó para la historia. Puse mi número de teléfono y escribí: ‘Hola, soy Rayner, necesito trabajo. Si tiene algo para comer, también se agradece’”.
Y algo increíble ocurrió: la gente respondió.
“Los sanduceros me ayudaron muchísimo. Me llevaban comida, me ofrecían changas, incluso dinero. Una vez un taxista, Ronnie, se bajó del auto, se quitó el abrigo y me lo dio. Me dijo: ‘No te preocupes, voy a mi casa en coche’. Hoy somos amigos”.
Con esa ayuda, Rayner pudo sobrevivir. “Reunía plata, pagaba la renta, comía algo. En octubre conseguí trabajo en el hotel Park Center. Estoy en la recepción desde hace casi dos años”.
Vivienda, remesas y sacrificios
Aunque tiene empleo, Rayner todavía vive en pensión. “Me encantaría alquilar algo para mí solo, pero ayudo a una amiga en Cuba. Le mando dinero todos los meses. Si me mudo, los costos se disparan”.
Ese gesto de solidaridad con su gente en la isla tiene un impacto profundo. “Le mando 2.000 pesos y allá eso equivale a seis sueldos mínimos. Pero todo está carísimo. Una caja de huevos puede costar 3.000 pesos cubanos, y el salario mínimo es 2.200”.
“La situación en Cuba es fatal”
Rayner no romantiza su país de origen. Describe con crudeza la crisis que viven sus compatriotas. “Allá sobrevivís por la libreta de abastecimiento. Te dan siete libras de arroz por mes, seis huevos, un poco de aceite, algo de azúcar. Lo justo para no morir de hambre”.
Agrega que muchos deben recurrir a lo que en Cuba se llama “la búsqueda”: pequeñas estrategias para rebuscar comida o recursos. “Si trabajás en una panadería, te llevás harina. En una carnicería, te quedás con un poquito de pollo. En una carpintería, sacás puntillas para venderlas. Es la única forma de sobrevivir”.
TikTok, visibilidad y comunidad
En 2023, Rayner encontró una nueva plataforma para expresarse: TikTok. Empezó compartiendo experiencias y opiniones, hasta que un video se volvió viral. “Era época de elecciones. Subí un video diciendo que, si pudiera votar, votaría por tal candidato. Recibí muchos mensajes negativos. Tuve que borrarlo”.
Pero eso no lo detuvo. Empezó a hablar de Cuba, de su vida en Uruguay, de las diferencias culturales. Y la gente se enganchó. “Les gusta verme disfrutar Uruguay, ver cómo me adapto, cómo defiendo este país. Me dicen que ya soy de acá. Por eso cambié mi nombre de usuario a ‘El cubano de Uruguay’”.
Hoy acumula miles de seguidores, recibe productos a cambio de promociones y sueña con monetizar su contenido. “Me mandaron remeras, utensilios de cocina, perfumes, comida. Hago videos de cocina también, de recetas uruguayas y cubanas. A la gente le encanta”.
Un puente entre dos mundos
Rayner es más que un influencer o un migrante trabajador. Es un puente cultural entre dos países, una voz que visibiliza las realidades del exilio, pero también la belleza del encuentro entre culturas.
“Uruguay es difícil, pero es muy bueno. La gente me adoptó. Me dicen: ‘ya sos nuestro’. Y yo lo siento así”.
En una época donde las redes están saturadas de contenidos triviales, historias como la de Rayner destacan por su autenticidad. Es la historia de alguien que no tuvo miedo a pedir ayuda, que trabajó con dignidad y que hoy, con un teléfono en mano, le cuenta al mundo cómo fue adoptado por un país que aprendió a quererlo como propio.



