El zaguero que le dijo no a Peñarol… por los exámenes de bachillerato
Marcelo Rotti creció en Paysandú jugando en campitos de tierra donde se mezclaban niños, adolescentes y adultos. Pasó por clubes locales, fue tentado por Peñarol en plena adolescencia, pero decidió primero estudiar. Esta es la historia de un futbolista atípico: apasionado por la pelota, sí, pero también por los libros, el hogar y el futuro. Una conversación muy extensa que merecería mayor extensión, íntima -café de por medio- con alguien que hoy trabaja en el club Progreso como Coordinador.
El fútbol, para muchos, es un sueño que arranca en el barrio y termina, con suerte, en una gran cancha. Para Marcelo, comenzó igual, pero su recorrido fue distinto. A veces, elegir estudiar cuando todo el mundo espera que patees la vida hacia adelante con un contrato en un club grande, es un acto que hoy llamaría la atención.
“Jugué al baby fútbol, como todos los chiquilines de mi generación, pero sin duda, el mayor porcentaje de aprendizaje en lo futbolístico lo tuve en el campito. En el de Montevideo y Washington, donde ahora está la comunidad alemana”, comienza contando, con una sonrisa que deja entrever la nostalgia. Ese terreno baldío fue su primer estadio, el lugar donde se formó entre goles, choques, caídas y códigos que no estaban escritos pero todos conocían.
“Vivía en Bolívar y 33 Orientales. A la salida del liceo, como una rutina mágica, se dirigía con otros gurises hacia el campito. Allí se jugaba con lo que había, y con quien estuviera: chicos de su edad, adolescentes, adultos. “Jugábamos todos entreverados. Ahí aprendí a meter el cuerpo, a chocar, a pensar rápido. Había libertad. La creatividad florecía porque nadie te decía qué hacer, ni cómo. Era algo mágico”.
Jugó en varios clubes sanduceros. Empezó en Miramar, pasó por 25 de Mayo y La Centella. Luego, en cancha grande, hizo juveniles en Wanderers. “En ese tiempo no había sub-14, sub-15… Era todo juveniles. Con 13 años jugabas contra pibes de 18. Aprendías o aprendías”.
Pese a esa formación “callejera”, terminó en las formativas de Peñarol. Pero llegar hasta allí no fue lineal. A fines de 1980, un emisario de Peñarol viajó a Paysandú a ver a otro jugador, “Tablita” Heimen, en un partido entre Sud América y Estudiantil. Pero fue Marcelo quien llamó su atención. “Terminó el partido y cuando llegué a casa, el hombre ya estaba ahí. Me dijo que le había gustado cómo jugaba, que era de Peñarol, que quería llevarme a Montevideo”.
Era el sueño de cualquiera. Y más para un hincha como él. “En mi casa todos éramos de Peñarol. Escuchábamos los partidos por “la spica”, una radio vieja de mi padre. Era una ceremonia familiar”.
Pero le dijo que no
Estaba terminando el bachillerato de Ciencias Económicas, y en esos años duros -de dictadura, de exámenes rigurosos- estudiar era un compromiso asumido con su familia. “Le dije que no podía irme. Que tenía que terminar los estudios, y si el interés seguía el año siguiente, con gusto iría. El hombre me miró y me dijo: ‘¿Usted sabe que le está diciendo que no a Peñarol?’”.
La escena es inolvidable. El emisario, sorprendido, va incluso a hablar con su padre, quien estaba de turno trabajando en una estación de servicio. Pero Marcelo se mantuvo firme. “No quería parecer maleducado. Y tampoco perder la oportunidad. Pero tenía claro que primero era el estudio”.
Tiempo después, llegó igual. Por otra vía. Una carta manuscrita enviada por un sanducero amigo de los hermanos Cubilla le abrió una nueva puerta. Pedro Cubilla, coordinador de juveniles de Peñarol, apareció en su casa en Montevideo -adonde Marcelo se había mudado para estudiar- y lo invitó a una prueba. Esa vez sí aceptó.
El cambio de ciudad fue duro. No por la distancia, sino por los afectos. “Extrañaba todo. Mi cama, mi casa, mis amigos, mi novia. Y eso pesa. A veces uno no entiende por qué algunos gurises del interior, con un talento impresionante, no llegan. Pero no todo es talento. El desarraigo es tremendo. No todos lo aguantan”.
Tuvo la suerte de hospedarse en casa de unos tíos. “Eso fue clave. Mientras otros compañeros vivían en pensiones, con carencias, yo tenía contención”. Vivió allí hasta que se casó. “Con la misma novia que tenía cuando me fui. La misma. De Paysandú. Mi compañera hasta hoy”.
Ya en Peñarol, jugó en la cuarta división con 18 años. Venía desde abajo, pero con pasos firmes. Recordando siempre de dónde venía. “Todo lo que soy se lo debo al campito. Aprendí más ahí que en cualquier cancha. Y no solo en lo futbolístico: aprendí códigos, respeto, a convivir con otros”.
Marcelo nunca perdió el eje. Nunca olvidó que antes que futbolista era persona. Por eso, cada decisión tuvo un peso. No fue un salto a ciegas, sino una caminata pensada. “El fútbol me hacía feliz, pero también sabía que tenía que estudiar. Lo tenía inculcado. En casa era así”.
Hoy, mirando hacia atrás, no se arrepiente. Ni siquiera de ese “no” a Peñarol que podría haber cambiado todo. Porque, a su modo, cambió igual. Hizo su carrera, jugó en primera, estudió, se formó como persona. Y siempre volvió a Paysandú.
“Allá jugaba en el campito y soñaba con estar en una cancha grande. Lo logré. Pero nunca dejé de ser aquel gurí que volvía con los botines llenos de tierra y una sonrisa que no le cabía en la cara”.
Habrá una segunda parte para esta historia.



