Este 10 de diciembre se cumplen 50 años de la apertura del Puente Internacional General Artigas, la obra que desde 1975 une a Paysandú con Colón y que marcó un antes y un después en la vida de ambas ciudades. Con sus 2.350 metros de extensión y un vano principal de 140 metros, fue el primer gran enlace terrestre entre Uruguay y Argentina sobre el río Uruguay, pensado desde el comienzo como un gesto de integración entre ambas orillas.

Medio siglo después, la pregunta que quiero plantear es sencilla: ¿por qué no celebrarlo juntos? No solo con actos protocolares —que son necesarios— sino con una verdadera fiesta popular que convoque a sanduceros y colonenses, como se hizo cuando Montevideo festejó sus 300 años o como ocurrió con los festejos en todo el país cuando el bicentenario en 2011. Si el puente nació como símbolo de unión, ¿no sería lógico que su aniversario se viva con la gente en la calle, compartiendo cultura, música, sabores y memoria?

Imagino un escenario de cada lado del río, artistas locales actuando para públicos mixtos, ferias de artesanos y emprendedores de ambos países, propuestas gastronómicas combinadas, espacios para recorrer la historia del puente, actividades familiares y, por qué no, la posibilidad de cruzarlo a pie en una jornada especial. Sería un gesto simple, potente y profundamente simbólico.

La integración, lo sabemos, muchas veces queda atrapada en palabras. Y entre trámites, controles y burocracias, la frontera a veces se siente más como división que como puente. Justamente por eso un festejo popular tendría tanto sentido: porque devolvería a la ciudadanía el protagonismo de un vínculo que hace décadas forma parte de la vida diaria de quienes habitamos el litoral.

Este aniversario llega además en un momento particular: la historia reciente del propio puente cerró un ciclo importante, ya que la CARU dio por cancelada la deuda que arrastraban las obras desde hace 50 años. Un motivo más para mirar hacia adelante y pensar qué queremos que represente este puente en los próximos cincuenta.

Por eso, aprovecho esta fecha para dejar instalada la idea. Tal vez no sea posible hacerlo este mismo año —aunque sería ideal—, pero vale la pena que Paysandú y Colón piensen juntas una celebración que nos una como lo hizo aquella obra en 1975. Una fiesta binacional no resolverá todos los desafíos de la integración, pero sí enviará un mensaje claro: que este puente no solo sirve para cruzar, sino también para encontrarnos.

Juan Andrés Pardo