Por Juan Andrés Pardo

Hay una perspectiva sobre Paysandú que rara vez escuchamos con atención: la de quienes llegan desde afuera. Turistas, deportistas, artistas, gente que viene por trabajo o por una escapada. Esa mirada externa, que no carga con prejuicios ni rivalidades políticas, suele ser más limpia, más fresca y, sobre todo, más generosa. Y sin embargo, es la que menos ponderamos cuando pensamos -o discutimos- sobre nuestra ciudad.

En contraste, existe un sector de la población local que cuestiona casi todo lo que se hace. A veces por mezquindades políticas; otras por costumbre, o por una inclinación casi automática a desconfiar. Hay obras que se critican incluso antes de inaugurarse, proyectos que generan rechazo sin siquiera haber sido evaluados, y decisiones que se juzgan con un lente tan partidizado que termina borrando cualquier posibilidad de conversación constructiva. Muchas de esas quejas, además de repetitivas, resultan misteriosas e incomprensibles: no se entiende bien qué defienden, ni qué alternativa proponen.

Y sin embargo, cuando uno mira la historia reciente de Paysandú, hay una evidencia que no admite discusión: las buenas obras trascienden a los gobiernos y a los partidos. Intendentes de distintos colores políticos han dejado infraestructura valiosa que hoy disfrutamos todos. Algunos proyectos se idearon en un período y se inauguraron en otro -como ocurrió en 2022 con el Paseo Costero por Olivera a partir de una iniciativa concebida durante la gestión Caraballo-, y ese “hilo” de continuidad es, justamente, lo que fortalece a la ciudad. Porque más allá de matices o enfoques, la inmensa mayoría de las inversiones en espacios públicos, movilidad, cultura o servicios responden a un mismo objetivo: mejorar la vida cotidiana de los sanduceros. Eso no debería cuestionarse.

Frente a este panorama, escuchar a quienes nos visitan puede ser revelador. Desde el turismo lo veo con claridad: para muchos que llegan de otros puntos del país -o del exterior-, Paysandú es una ciudad amable, con una escala óptima, con espacios públicos valiosos, con historia, cultura y un ritmo que se aprecia. Destacan la hospitalidad, la tranquilidad, el estado y la limpieza de sus plazas, la costanera, el patrimonio, las propuestas culturales. Y, también hay quienes valoran algo que a veces nosotros mismos damos por sentado: la calidad de vida.

Esa mirada externa no es ingenua ni complaciente. Simplemente es una mirada despojada de la carga interna que muchas veces nos impide ver lo que sí funciona, lo que creció, lo que se transformó para bien. Y nos muestra un espejo que quizá deberíamos mirar más seguido.

Porque si en cada mejora o inversión lo primero que hacemos es buscarle el defecto, difícilmente avancemos. Si cada obra se discute más por quién la impulsa que por su impacto real, perdemos la oportunidad de pensar la ciudad en términos de comunidad y futuro.

Invito, entonces, a tomar prestados los ojos de quienes nos visitan. A mirar Paysandú como si la viéramos por primera vez. A reconocer lo que está bien, lo que genera orgullo, lo que suma. No se trata de negar los problemas ni de caer en un optimismo ingenuo, sino de salir del círculo de la queja improductiva. Porque cuando uno se encierra en ese registro, deja de ver. Y Paysandú con su historia heroica e industrial, pero también con su presente, ofrece mucho para ver y disfrutar.