ENERO 2022
Aquí presentamos el ranking de enero.
- Mugre rosa de Fernanda Trías.
En una ciudad portuaria con reminiscencias de Montevideo y asolada por una peste misteriosa, una mujer intenta descifrar por qué su mundo se desmorona. No es sólo el acecho de la enfermedad y la muerte, las algas y los vientos envenenados o la pasta color rosa que es ya lo único que se puede comer, sino el colapso de todos sus vínculos afectivos, la incertidumbre, la eclosión de una soledad radical.
Con una prosa inquietante y rica en hallazgos poéticos, Fernanda Trías construye un universo extraordinario que descubre la inmensa belleza y el inmenso dolor que hay en la fragilidad de las relaciones humanas.
- De todos los nombres, el nombre y veinte relatos breves de Marcelo Estefanell.
Veintiún ejercicios de memoria —por momentos precisa, por otros difusa, siempre reticente al olvido— evocan una infancia alojada en Paysandú a fines de los cincuenta: la de un niño observador, dispuesto a descubrir las complejidades del mundo que lo rodea.
Entre episodios que marcaron hitos en la biografía de su ciudad, La Heroica, e historias mínimas de personajes entrañables que solo la oralidad puede proyectar, Estefanell (autor de El hombre numerado, entre otras obras) construye un universo nostálgico, un camino iniciático hacia su propio conocimiento.
«En los duros momentos que me ha tocado vivir, sobre todo cuando predominó el aislamiento forzado en tiempos de cárcel y soledad, el pasado acudía a mi memoria con una nitidez inaudita, se colaba por todos los intersticios de aquel presente agobiante, para ofrecerme la luz de los grandes patios y la autenticidad de los juegos durante una infancia privilegiada. Ahora, por supuesto, nada se le compara a aquel infierno, pero la pandemia, con sus limitaciones, reflotó, en parte, ese entrenamiento y le dio nuevos impulsos a lo que fue y ya no volverá a ser».
Marcelo Estefanell
- El liberalismo conservador de Gerardo Caetano.
Hubo un tiempo en que José Batlle y Ordóñez y el batllismo eran percibidos como «el jacobinismo uruguayo», al decir de Luis Alberto de Herrera en 1910, o como el «socialismo de mandarines», de acuerdo a Carlos Reyles en 1916. También podía ocurrir que un joven senador colorado, Pedro Manini Ríos, se quedara en 1913 con la llave de la mayoría parlamentaria del gobierno, interpelando a su líder y a su partido con la pregunta de «¿Somos socialistas o somos colorados?». Mientras tanto, un gran jurista y empresario, José Irureta Goyena, presidente fundador de la Federación Rural en 1915, sentenciaba que el batllismo era el «inquietismo» y que este «era peor que el socialismo». Y Washington Beltrán advertía en 1918 que Uruguay se estaba transformando en «un cuartel pintado de socialismo», cuestionando la existencia de un «ejército colorado» que marginaba a medio país. Sin embargo, desde la institución militar se tramaban «complots» contra el batllismo, la amenaza del miedo al «motín militar» estaba presente en algunos círculos, mientras los altos oficiales se quejaban de que la palabra «cuartel» «comenzaba a ser impronunciable».
En el marco de un Uruguay mucho más debatido de lo que se recuerda, confrontaban dos grandes «familias ideológicas». De ese pleito emergerían procesos que marcarían al país por más de un siglo: la forja de una democracia «republicana liberal» y la construcción temprana de un Estado social anticipatorio. El tiempo revelaría que había fragilidad en algunas raíces de ese «laboratorio», pero también probaría que aquellos fueron tiempos de generaciones excepcionales, en la política y en todos los partidos uruguayos.
Como continuación de La República Batllista, este nuevo libro de Gerardo Caetano indaga en múltiples historias, tanto personales como colectivas, en una urdimbre apasionante que constituye un espejo de época que no deja de interpelar. Con el foco puesto en las genealogías del liberalismo conservador, esta obra propone al lector un «viaje» tal vez inesperado, por un pasado inusualmente presente entre los uruguayos contemporáneos.