Escribe Miguel A. Olivera Prietto

Este fue el año en el que la organización de la Patria Gaucha estuvo más cerca de nuestro semanario: nos llamaron para pedirnos presupuesto por una página de publicidad, cosa que nos sorprendió gratamente. Lo enviamos, aunque jamás nos respondieron. Aún así, no puedo negar que hubo un acercamiento. Esperemos, eso sí, que el año que viene nos contesten.
Pero sin ironías, la Patria Gaucha se había convertido, unos años atrás, en un hito turístico del interior del país, pero corre riesgos de perder protagonismo, si su organización no reconsidera algunos aspectos que le hacen perder lo que había logrado.
En primer lugar, la fiesta se ha convertido en una máquina de hacer dinero y se ha alejado de lo riguroso en la evaluación a las aparcerías.
Se pide demasiado dinero para estacionar, para la entrada, para el ruedo y para acceder a una silla, y si bien una entrada de 300 pesos no es cara en el sur del país, para una familia de Tacuarembó es imposible. Lo impopular de su entrada atenta contra quienes compran espacios para vender, porque resta al gran consumidor, que siempre es el pueblo. Quienes tienen dinero guardado, suelen cuidarlo demasiado.
Pero también es complicado para el turista. Quienes llegan a Tacuarembó desde otros puntos del país y se encuentran con la necesidad de pagar altos costos para alojarse en la ciudad, ya sea en hoteles o en viviendas particulares que son alquiladas únicamente con ese fin. Si a esto se le suman los precios desde la entrada misma a la fiesta ($300 jueves y viernes, $250 el sábado y $200 el domingo), más otro plus en dinero si querían ingresar a las pruebas del ruedo y otro si querían una silla de plástico para ver las actuaciones en el escenario, por la cual debían aportar otros $200 por día, muchos están considerando si vuelven o no. Vaya a saber qué pensaron los turistas que este año no vinieron.
Porque si la fórmula es sumar dinero más dinero, terminarán corriendo a los turistas y al propio público local que siempre termina siendo la mayoría. Este último, es decir, el vecino de Tacuarembó, al concurrir termina pagando dos veces la fiesta: una con sus impuestos y otra asistiendo al evento. Y digo esto porque está dando pérdidas y es la Intendencia, perdón, el pueblo, quien repone el déficit.
Hablar de cenar en la Patria Gaucha para una familia de trabajadores tacuaremboenses es casi una odisea, pues con el simple hecho de que una bandeja de papas fritas costaba $150 y $100 un choripán, hacía casi imposible que una familia de ingresos medios pudiese afrontar a diario poder vivir la fiesta que pretende rescatar las tradiciones de nuestro país. No hablemos de tortas fritas, pop acarameladas o algún recuerdito realizado por un artesano.
El miércoles, día con entrada libre para todo público, tampoco logró convocar a la ciudadanía, que de a poco comienza a darle la espalda a las ideas “innovadoras” de la Comisión Organizadora. No basta pensar que la fiesta es para los turistas, y lo digo porque hace un par de años uno de los integrantes de la comisión organizadora le dijo a LaOtraVoz que la fiesta es para los que la puedan pagar, sin tener en cuenta que usan las calles de un gran barrio como el López, para lucrar, cuando ese barrio está lleno de vecinos que seguramente no podrán ir con sus familias, cuando solamente tienen una calle para cruzar.
La imposibilidad de poder brindarle un gusto a su familia, obligó a muchos tacuaremboenses a desestimar asistir al evento. Sin pagar la entrada, una familia tipo, prácticamente debía destinar $1000 para poder acceder a una cena consistente en choripán y refrescos. Para colmo, estacionar en la cercanía del predio tenía un costo de $80. Por eso, cuando antes los miércoles el pueblo explotaba la Patria Gaucha, este año fue apenas un puñado.
A su vez, el escenario ha quedado lejos de aquellas fiestas con canto popular, folclore y música adecuada para los paisanos. Recién el sábado con las actuaciones de Carlos Benavides y el dúo Larbanois Carrero se pudo apreciar espectáculos acordes al evento, y el domingo Víctor y Daniel, más La Sinfónica de Tambores, terminaron de mimar a un público que pide a gritos esa clase de espectáculos. Las presencias de Lucas Sugo, Agustín Casanova y Jorge Rojas, sin lugar a dudas tienen un cometido recaudador, pero alejan al gauchaje y sus familias, los verdaderos dueños de la fiesta.
También elegir la fecha de su comienzo cuando están comenzando las clases en todo el país, es como nacer muerto a medias. Mucha gente se habrá quedado con las ganas de arrimarse.
Pero donde mostró una falencia grande fue en el primer premio otorgado al Fogón de Curtina, que si bien hizo su estación con las tejas de Tambores con todos los permisos, tuvo poca delicadeza con un pueblo ferroviario, al que quiso representar sin conocer su esencia.
Para la gente de Tambores, el premio traslada la vejación de su patrimonio del Fogón de Curtina a toda la organización de la fiesta.
Haber otorgado un premio por una representación que no le importó romper patrimonio y herir a toda una población, muestra una falta de criterios de los jurados que asusta.
Porque lo único que se criticaba era que los tamborenses tenían tirada su estación, y quizás es verdad, pero no contemplar la cuestión espiritual de ese pueblo tan digno es la dificultad mayor, tanto de la gente de Curtina, como la del jurado.
Con el tren nació el pueblo y debido al tren el pueblo se deteriora. El deterioro de la estación no era tanto, y vándalos hay en todos lados (de Curtina conocemos muchas historias), pero seguro que el abandono de su estación también representaba el abandono del Estado y el resto de las sociedades, a este pueblo que ha perdido todo, menos su dignidad.
La Patria Gaucha es una fiesta que llegó para quedarse, y si así lo considera su organización, deberá mejorar mucho en inteligencia, en historia, en buen gusto, en sensatez a la hora de jurar, en oportunidad, en el aspecto popular, y pensar que en una fiesta la gente se divierte.