Escribe Margarita Heinzen

La ciencia tiene una gran belleza, un científico en su laboratorio no es solo un técnico, es un niño colocado frente a fenómenos naturales que lo impresionan como un cuento de hadas.

Marie Curie.

Ya se acabó marzo y quedó mucha tela por cortar en este asunto de visibilizar la participación de las mujeres en los diferentes ámbitos, sobre todo los masculinizados. Hace días quería hablarles del lugar de las mujeres en la ciencia, el otro sombrero que me calza, si bien hace poco el tema ocupó unos cuantos titulares y minutos en los medios. Desde 2015, la Asamblea General de la UNESCO decidió establecer un Día Internacional anual, el 11 de febrero, para reconocer el rol crítico que juegan las mujeres y las niñas en la ciencia y la tecnología, de allí que se esté poniendo el tema sobre el tapete. Este organismo señala que solo el 30% de los investigadores científicos en el mundo son mujeres y que, dado que las mujeres y las niñas desempeñan un papel fundamental en las comunidades de ciencia y tecnología, debe fortalecerse su participación y su acceso.

Cuando di el concurso para ingresar a la Universidad, en la Estación Experimental M. A. Cassinoni de Facultad de Agronomía en 1989, lo hice pensando que estaba aspirando a un cargo “para dar clases”. Eran tiempos duros. Yo me había recibido en 1985 y hasta ese momento no había conseguido ningún trabajo como Ingeniera Agrónoma. Así que cuando aparecieron aquellos llamados a cargos de la Red Experimental Agrícola me presenté al concurso y entré a la Universidad, sin imaginar que se convertiría en la carrera de mi vida. Primera sorpresa: dar clases ocupaba sólo un tiempo reducido de nuestra carga horaria y, si bien todo estaba por hacer, lo que urgía era recomponer la investigación, la que había sido exterminada durante la dictadura. Pero para investigar en ciencias agrarias hay que tener infraestructura. Igual que los químicos o biólogos necesitan laboratorios, los agrónomos en la ciencia necesitamos, además de laboratorios, parcelas de campo, rodeos y majadas. Enorme tarea que emprendimos con la inconciencia de los veintes, junto al resto de los compañeros que asumimos los cargos, luego de que los docentes nombrados a dedo por la intervención renunciaran. En esos primeros meses, junto a la algarabía de las libertades recuperadas (todos habíamos sido estudiantes durante la dictadura) echamos a rodar nuestra imaginación y diseñamos no solo los campos experimentales, sino también las currículas y las líneas de investigación. Jornadas de horas y horas, que incluían sábados y domingos, trabajando codo con codo en un momento fermental de la historia en que las relaciones fueron horizontales y “naides era más que naides”.

Esa fue mi zambullida en la ciencia y aunque he andado por otros derroteros, no la abandoné jamás. Capaz que no es el tipo de ciencia de la que más se habla en estos tiempos de pandemia pero vaya si es ciencia. En aquel momento, en Agronomía, si bien las mujeres éramos pocas, éramos unas cuantas y nos enredábamos con los varones en todas las tareas y responsabilidades. En aquel tiempo no sentí la brecha de género. Creo que jugábamos el partido tratando de demostrar que no éramos menos, que igual podíamos con las tareas del campo, con la preparación de clases y con los debates académicos. Nadie prestaba atención a que nuestros hijos iban con nosotras a medir pasto al campo los domingos o a contar los bocados por minuto a las vacas o a limpiar la fístula a los carneros. O sí, pero era lo que tocaba hacer. Y estudiábamos mientras hamacábamos el cochecito del bebé, y nos hacíamos preguntas fundamentales y buscábamos referentes que nos ayudaran a responderlas y así fuimos avanzando en encontrar soluciones a problemas reales de nuestro sector agropecuario, en condiciones de extrema restricción económica y a 7 kms. de Paysandú, que demoró en enterarse de lo que estaba pasando allí.

Uno de los primeros años en los que se comenzó a conmemorar el 8 de marzo en Uruguay, quisimos hacernos presentes y nuestro tributo fue ir a trabajar “vestidas de mujeres”: de polleras y maquilladas. Hoy pienso que nuestra lucha, reivindicando nuestra femineidad a través de los atributos de lo que después se llamó “el patriarcado”, fue ingenua pero en aquel contexto, ¡sorprendimos a todos!, y nos dimos un aire para reflexionar sobre la necesidad de pensar en nosotras mismas.

Veinte años después, jóvenes mujeres: químicas, biólogas, agrónomas, veterinarias, psicólogas, médicas se han instalado en Paysandú y otros lugares del interior para llevar la Universidad de la República a todo el país y, con las cosas más claras que nosotras, dan la pelea cada día para hacer valer sus derechos en un ámbito que hoy se descubre tan lleno de machismos y micromachismos como cualquiera, y en el que el debate es en términos de quién está a cargo de los cuidados, porque de la academia estamos a cargo todas y todos.

Para el pasado 11 de febrero un grupo de científicas jóvenes del Departamento de Química del CENUR Litoral Norte filmó un corto sobre Marie Curie, la madre de las mujeres en la ciencia, llamado Pechblenda: Mujeres científicas, con financiamiento de la Comisión Sectorial de Extensión y Actividades en el Medio de la UdelaR, que está disponible en Youtube. Les dejo el enlace porque vale la pena que lo vean: https://www.youtube.com/watch?v=VdRfIu9ZIkU

Este corto, elaborado con actores (Mayra Migliónico) y directores sanduceros (Marcelo Goyo), se propone una semblanza de Marie Curie desde la peripecia de una actriz que busca a su personaje y lo hace en conjunto con las científicas locales de carne y hueso. Linda travesía, que además de un fuerte contenido deja puntas para reflexionar sobre los desafíos de aquel momento y los de hoy; definida la naturaleza de la tarea con las palabras de la joven química Macarena Eugui, que hacen diana en el sentir de la actriz: cuando se vaya la emoción hay que dejar de entrar al laboratorio.

Hacer frente a los desafíos de la Agenda para el Desarrollo Sostenible, desde la mejora de la salud hasta el cambio climático, dependerá del aprovechamiento de todos los talentos, declara la UNESCO. Eso significa conseguir introducir a más mujeres en estos campos para ampliar el número de investigadores talentosos, aportando cada uno y cada una, una nueva perspectiva, talento y creatividad. Por eso la igualdad entre hombres y mujeres es una prioridad global y el apoyo a las jóvenes, su educación y su plena capacidad para hacer oír sus ideas son los motores del desarrollo y la paz.

Vayan en estas líneas un abrazo a mis compañeras científicas con las que, en aquellos años, con menos armas que un escarbadientes, trabajamos para abrir los caminos que transitarían estas jóvenes mujeres, que hoy, a su vez, están abriendo los propios.

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