Por Horacio R. Brum
Cuando yo no tenía más que tres años, mi abuelo me llevó al río. Mi abuelo Leopoldo tenía una chacra a las orillas del brazo sur de la desembocadura del arroyo San Francisco; aunque el rancho humilde de ladrillos pintados a la cal y techo de paja quinchada ha sido reemplazado por una hermosa casa, el predio conserva su nombre original: La Rinconada.
Para un niño tan pequeño, hijo único y sobreprotegido, aquella experiencia abrió un mundo de libertad en la naturaleza y los recuerdos se hicieron tan imborrables que, pese a que mi abuelo falleció dos años más tarde y La Rinconada dejó de pertenecer a la familia, todavía puedo traer a la memoria los detalles de muchos momentos felices y ver en mi mente a los vecinos y personajes de la zona. El Viejo Luna, un gaucho de bombacha y alpargatas, guitarrero y borrachín, era el cuidador de la chacra; don Lencina tenía un rancho cerca de donde hoy está el vivero y lo recuerdo de aspecto piratesco, con una boina negra y su pelo cano recogido en una trenza, como esa que se dice usaba Artigas en su juventud. Olivera, Demichelis, Fraschini, Baccaro y Roldán eran las familias propietarias de otras chacras de descanso, algunas de las cuales les pertenecen hasta ahora, y todos convivían con el Viejo Luna, Lencina o los pescadores de la zona, en esa igualdad tan republicana y uruguaya.
La franja de bosque nativo de la costa era para mí una selva enorme, que recorría sin miedo de la mano de mi abuelo, aprendiendo sobre los pájaros y los árboles. Me sorprendí con el nido delicadamente tejido por los boyeros e hice juguetes con las semillas del timbó, que en aquellos tiempos menos políticamente correctos se conocían como “oreja de negro”. Cuando vi una fila de cabezas que flotaban por el río hacia la isla San Francisco chica, el abuelo me dijo que eran lobitos de río, la nutria verdadera. Para completar el ambiente de aventuras, en la costa de la chacra estaba anclada la Marianina, la última balandra de la flotilla que el abuelo había tenido en sociedad con su hermano. La Marianina, así llamada por la canción de un sainete que a principios del siglo XX era muy popular en Buenos Aires, cuya primera estrofa solía cantar mi madre en un italiano macarrónico, fue una de los miles de embarcaciones que navegaron por los ríos transportando todo tipo de cargas, hasta que la tecnología del transporte y las decisiones políticas las reemplazaron por los contaminantes y caros camiones.
Esa balandra, nave ancha y fuerte de un solo mástil, se hundió durante la gran creciente de 1959, pero sus restos reaparecen durante las bajantes en la costa de La Rinconada, como un fantasma de los tiempos en los que el río Uruguay formaba parte del alma misma de Paysandú, de la misma manera en que mi abuelo Leopoldo puso en el alma de aquel niño de tres años un cariño por el río que hace que el hombre que esto escribe, ya a las puertas de la tercera edad, busque sus orillas y sus atardeceres sin igual cada vez que vuelve al terruño.
Por el Uruguay llegaron los primeros inmigrantes que construyeron una ciudad culta y progresista; por el río salieron al mundo los productos que hicieron la fama internacional sanducera, como aquellas “lenguas de Paysandú” enlatadas, que alimentaron a las tropas coloniales británicas. En los tiempos de colonialismos e imperialismos, llegaban hasta nuestro puerto unidades navales de las principales potencias: cañoneras de la Royal Navy, cruceros ligeros de la Regia Marina italiana, destructores de la US Navy. También fue el río la vía elegida por el presidente José Batlle y Ordóñez para su primera visita al interior, en 1903. Batlle llegó en el vapor París, uno de los buques que hasta la década de 1960 llevaron pasajeros a puertos uruguayos y argentinos. Innumerables trabajadores y empresarios dependieron de las aguas del Uruguay para ganarse la vida y hacer fortunas; en las amarillentas escrituras de propiedad de las embarcaciones de mi abuelo, que conservo como un tesoro familiar, aparecen apellidos y profesiones que son parte inextricable de la historia de la ciudad: los hermanos Bozzo, comerciantes, vendieron a Leopoldo Pizzorno y su hermano la balandra República, construida en Paysandú por el maestro de ribera Nicolás Schiappapietra. La balandra Dorsolina, comprada en Carmelo, llegó a ese puerto desde la Boca del Ricahuelo, donde había sido botada nada menos que en 1865, el año de la gesta heroica de la Defensa. Por todo eso, el Puerto fue el barrio de los negocios y las residencias elegantes, hasta que los políticos decidieron despreciar el río en favor de las carreteras.
Sin embargo, los sanduceros no abandonamos al “paterno”. Los clubes de la costa y en especial el Remeros, continuaron siendo centros de la vida social y deportiva. Muchos aprendimos a nadar cuando no existían piscinas y había que tener el coraje de intentar flotar en las aguas mismas del río. Irene Sosa, Ana María Norbis, Carlos Scanavino, Juan Antonio Rodríguez, William Jones, son algunos de los nombres de la lista de campeones o formadores de campeones en todas las disciplinas del deporte vinculadas con el río. Hasta el autor de estos recuerdos compitió, allá por los años 70, con un grupo de amigos en la Regata de la Meseta, tripulando un viejo y pesado yate escuela del Yacht Club.
Pese a todos los pesares, crisis e inundaciones, los sanduceros nunca se alejaron del río. Fue la política la que se alejó de él, mediante decisiones desastrosas que hicieron languidecer al puerto, al perjudicar la competitividad del transporte fluvial de cargas (al igual que se abandonó el ferrocarril), en tanto que la nefasta declaración municipal de “zona inundable” depreció las propiedades de los vecinos, sobrevivientes heroicos de tantas crecientes. La decadencia del Puerto se extendió al Pescadores y al Remeros, porque hubo quienes prefirieron el ambiente más exclusivo de una reliquia del imperialismo ferrocarrilero británico, que, en medio de las chacras, no puede ofrecer las magníficas vistas del río que se tienen, por ejemplo, desde la terraza del Club Remeros.
Aun así, las playas siguieron siendo el principal vínculo de la población con el Uruguay. En la década de 1940, una intendencia consciente de la importancia de la costa para la vida ciudadana inauguró el Balneario Municipal; otra autoridad municipal construyó la Playa Park, donde estaba la antigua Playa del Ferrocarril, que llevaba ese nombre por el muelle donde los trenes cargaban y descargaban las mercancías y materiales que salían o llegaban por la vía fluvial. Cerca de allí, en 1964 se realizó la gran Exposición Internacional del Río Uruguay, de cuya entrada todavía pueden verse los arcos triangulares y un mural restaurado por la Comisión del Patrimonio. Años antes, los galpones del Puerto, hace un tiempo arrasados por una mala decisión política, habían albergado otra exposición internacional. Su entrada todavía existe al final de la avenida Brasil.
La construcción de las avenidas costaneras, del Anfiteatro, del muelle Aníbal Sampayo o del Paseo Costero indican que siempre ha habido autoridades preocupadas de mejorar los usos de la costa en función de las necesidades reales de la población y sobre todo, a escala humana y con respeto por la comunidad habitante de la zona. No es cierto que los sanduceros hayan vivido de espaldas al río y menos aún que haya espacios vacíos, como las tierras al sur de la playa Mayea, según sostiene el Intendente actual. En una época en que recuperar el valor de la Naturaleza como parte del espacio urbano, cuando grandes ciudades como Buenos Aires están aumentando el espacio de reservas naturales en su costa, la Intendencia de Paysandú encarga a una empresa extranjera (como si en la ciudad o el país no hubiese profesionales capacitados para ello) la realización de un megaproyecto que bajo la pretenciosa denominación de “Masterplan” librará a la especulación inmobiliaria terrenos que son de todos. Por otra parte, se ignoran o relativizan los efectos del cambio climático y se manda al cajón el valioso estudio ‘Adaptación de viviendas al cambio climático y la variabilidad. Estudio piloto en la ciudad de Paysandú’, realizado en 2019 por un equipo de especialistas uruguayos, con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
En alguna entrevista, el Intendente empleó el ejemplo de Colón y el turismo para respaldar sus argumentos a favor del muy caro proyecto. Conversando una vez con un taxista colonense, le pregunté por qué no se pavimentaban más calles en la ciudad. “Lo que pasa es que los turistas vienen a buscar tranquilidad y ambiente de pueblo”, fue su respuesta. En esa ciudad hermana, la gente y las autoridades han tenido la sabiduría de desarrollarse en función de lo que son y lo que tienen. A este lado del río, las autoridades no tienen sabiduría, sino la soberbia de pensar que saben qué es mejor para la gente.
“Permítame el lector que le cuente que yo nací en la orilla sanducera de nuestro río paterno y que amo muy hondamente el poderío resplandeciente de sus aguas y la gracia de sus islas, compañeras de mi infancia”, escribió Daniel Vidart (1920-2019) en su obra ‘Cuando el Uruguay era sólo un río’. Vidart, cuyo nombre lleva el Centro de Documentación que se está constituyendo en la memoria de la ciudad, es una de las inteligencias más preclaras que han salido de Paysandú y su río. ¿Habrán leído siquiera alguno de sus muchos libros los impulsores del “Masterplan”?
Foto: La Dorsolina.