La novela negra es un producto de las rupturas estructurales y éticas del siglo XX. Radicalmente diferente de la novela policíaca inglesa, que se desarrolla en ambientes señoriales, incursiona en los suburbios de la geografía y la moral de tiempos de crisis. No de manera casual surge en Estados Unidos, de la mano del ambiente turbio y violento que generó la Ley Seca, con el corolario de la Gran Depresión y el clima opresivo que sobrevino con el macartismo luego de la Segunda Guerra Mundial.

En la década de los ’90, en consonancia con los cambios en la geopolítica mundial, la novela negra cruza el Atlántico y se radica en Europa, de la mano de autores como el sueco Henning Mankell, el italiano Andrea Camilleri y el griego Petros Márkaris.

El mundo que la novela negra ficciona no es muy diferente del real, en cuanto a que las divisorias entre bondad y maldad; cinismo y altruismo, apego a la norma y delictividad, son difusas y cambiantes en el curso de la/las historias que se narran.

‘La insurrección de la inocencia’ – segunda novela de Isabel Prieto Fernández, luego de ‘Identidades en juego’, es paradigmática en cuanto a estos atributos. La originalidad de la autora de la novela es construir la trama del relato, no a través de la investigación de un policía o detective, sino a partir de una periodista de investigación (Amalia Gutiérrez, o ‘Ami’), a la que se le encarga el desentrañamiento de hechos criminales, lo que la hace incursionar a través de distintos laberintos, aportando una visión (por lo general poco optimista) de la sociedad que nos rodea.

Otra característica de la novela es la construcción de personajes distantes de los estereotipos habituales, contradictorios y poseedores de secretos que se comienzan a revelar en el desenlace. Es difícil diferenciar a los buenos y a los malos en esta novela y, sin embargo, tienen relieve los inocentes, ajenos a la ruindad que les rodea -lo que el justifica el título- pese a que esa insurrección adopte la forma del sacrificio.

Alternando períodos de tiempo, la trama de la novela comienza en 1979, describiendo una brutal escena de tortura y la historia se retoma en 2012, cuando los protagonistas de ese hecho se reencuentran de manera aparentemente casual. En 2019 se verifica el desenlace y a la manera de un juego de máscaras, los hechos que parecían casuales empiezan a conectarse y a configurar una lógica desconcertante y a menudo perversa, que anticipan un final distinto del esperado, que no puede menos que dejar un gusto amargo, pese a que se revele la inalterabilidad de una serie de valores que, entre la resignación y la impotencia permanecen inmutables.

Tiene singular protagonismo en la trama un antiguo militante del MLN a quién se acusa del asesinato de un represor y un ubicuo “enlace”. Al primero de los mencionados se debe el “revival” de algunos hechos de los años de fuego, la visión descarnada de la peripecia vivida y la singular resignación del papel que a la postre le cupo en ella.

Respaldada por 34 años de periodismo de investigación, por su pericia para distinguir apariencias de realidades, la autora de ‘La insurrección de la inocencia’ tiende un puente entre el pasado reciente y el presente, describiendo la mutación de los personajes a través del tiempo, los cambios de bando y las lealtades conmovedores y en esa “melange” deja lugar al humor, que esporádicamente aparece a través de escenas de la vida personal o de relación de ‘Ami’.

La lectura es ágil, empero lo cual, a menudo se hace imperioso volver atrás y pensar en el orden de los acontecimientos y su continua alteración. Tal cual corresponde a una novela negra, el objetivo, es decir, la detección de los crímenes y los criminales, se ve subordinada a la mirada psicológica y a la constatación de que detrás de las apariencias, hay un submundo que acecha y que dista mucho de haber sido superado.

En suma, una novela que puede hacernos permanecer en un suspenso permanente, que por momentos emociona y que da fe a las palabras del poeta cuando dice que “en los labios tiernos las palabras llevan confusa la historia y clara la pena”.

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