Escribe Rafael Goldman *

En una sociedad que vive apurada, los refrescos se han convertido casi en una extensión de nuestras manos, como los celulares. Los vemos en todas partes, en la escuela, en el trabajo, en el gimnasio e incluso en la mesa familiar. El problema es que, a pesar de su sabor tentador y su sensación de frescura inmediata, pocas veces nos detenemos a pensar en lo que realmente estamos tomando.

Los refrescos incluso los “light” o “zero” suelen contener aditivos, colorantes y ácidos que, a largo plazo, pueden afectar nuestra salud. El azúcar o los edulcorantes artificiales alteran nuestro metabolismo, nos hacen depender del sabor dulce y, en muchos casos, desplazan algo tan esencial como el agua. Y es que el cuerpo humano puede sobrevivir sin gaseosas, pero no sin agua.

El agua cumple funciones que ningún refresco puede reemplazar: regula la temperatura corporal, transporta nutrientes, elimina desechos y mantiene nuestras células funcionando correctamente. Además, mejora la concentración, la digestión y hasta el estado de ánimo. Sin embargo, a pesar de su importancia, muchos la ven como “aburrida” frente a las burbujas y sabores artificiales.

El marketing también juega su papel. Las marcas de refrescos invierten millones en publicidad para asociar su producto con diversión, juventud y energía, cuando en realidad lo que ofrecen es una sensación momentánea que termina dejando al cuerpo más sediento que antes.

Volver al agua no debería verse como un sacrificio, sino como una forma de reconectar con lo natural. No hace falta eliminar los refrescos por completo, pero sí darles el lugar que merecen: un gusto ocasional, no un hábito diario. Al final, la verdadera frescura no viene en una lata o una botella colorida, sino del agua que nuestro cuerpo siempre agradece.

* Es estudiante de 2do. de Educación Media Superior, Ciencias Sociales y Humanidades.