Escribe José María González

El resplandor azulado de las pantallas es la nueva fogata de la tribu. En la sala de espera de un hospital o en la mesa de un café en Paysandú, la escena se repite con una precisión coreográfica: cabezas inclinadas, pulgares que se deslizan sin descanso y un silencio sepulcral que solo se rompe por el sonido metálico de una notificación. Estamos más conectados que nunca, pero habitamos una era de profunda desconexión humana.

Esta crónica no es solo sobre tecnología, sino sobre cómo el periodismo, ese viejo oficio de contar la realidad, está luchando por no ahogarse en el mismo mar de ruido que intenta navegar. Cierre los ojos e intente recordar qué hizo durante las últimas seis horas y treinta y ocho minutos. Según el Digital 2025 Global Overview Report de DataReportal, ese es el tiempo promedio que pasamos conectados a internet cada día. En términos vitales, dedicamos alrededor del 40 % de nuestro tiempo de vigilia a interactuar con dispositivos digitales. En América Latina, la cifra es aún más dramática cuando hablamos de redes sociales, superando ampliamente las tres horas diarias.

No se trata de un accidente, sino de una arquitectura diseñada para la captura. La economía de la atención ha convertido nuestro tiempo activo en el recurso más valioso, desplazando a la información misma. Nos movemos en sistemas creados para maximizar la permanencia: el scroll infinito, la personalización algorítmica que nos susurra lo que queremos oír y la gratificación inmediata de un “like”.

El impacto de este diseño ya no es solo una teoría sociológica. Recientemente, un juez en California declaró responsables a gigantes como Meta y YouTube en casos relacionados con la adicción a redes sociales, evidenciando cómo estas plataformas condicionan activamente el comportamiento humano. En este ecosistema, la profundidad es un estorbo y la distracción es la norma.

En términos vitales, dedicamos alrededor del 40 % de nuestro tiempo de vigilia a interactuar con dispositivos digitales. En América Latina, la cifra es aún más dramática cuando hablamos de redes sociales, superando ampliamente las tres horas diarias.

La evasión informativa

En medio de esta saturación, el ciudadano promedio se siente abrumado. El Digital News Report 2025 arroja cifras que deberían encender las alarmas en todas las redacciones de la región: la evasión informativa alcanza un 40 % y el sentimiento de saturación llega al 31 %.

La gente no está dejando de usar sus teléfonos; está dejando de querer saber del mundo real. Se produce una hiperconexión selectiva: las audiencias, cansadas de la complejidad o el dolor de las noticias, se refugian en contenidos ligeros, emocionales o puramente entretenidos que se alinean con sus intereses inmediatos. El resultado es una erosión lenta pero constante de nuestra capacidad para construir una lectura coherente de la realidad. Al filtrar la vida en fragmentos, perdemos el hilo de la historia.

El dilema del periodista

Aquí es donde el periodismo enfrenta su espejo más oscuro. En la urgencia por sobrevivir a las métricas, muchos medios han terminado por reproducir contenidos que desconectan más de lo que informan.

Se ha vuelto tristemente común observar prácticas que degradan el oficio: el uso de herramientas de IA para especular sobre escenarios vacíos (como preguntarle a un chatbot el destino de una figura pública), la reducción de la agenda editorial a polémicas superficiales que solo sirven para inflar los números digitales, o la publicación de videos virales sin contexto.

Al actuar más como difusores de tendencias que como filtros de veracidad, el periodismo pierde su función de orientar y explicar. La viralidad ha ganado la batalla sobre el contexto, y en ese proceso, el sentido se ha diluido. Sin embargo, la paradoja persiste: a pesar del ruido, la búsqueda de información rigurosa sigue siendo una necesidad vital. El ser humano aún necesita comprender lo que ocurre a su alrededor, pero el método de entrega actual parece estar fallando.

La soledad en la era del hipercontacto

Hay un dato que duele más que cualquier estadística de tráfico web. Investigaciones como el Harvard Study of Adult Development subrayan que la calidad de nuestras relaciones es el factor determinante para la satisfacción vital. En contraste, un estudio longitudinal de 2024 en Sage Journals vinculó el uso de redes sociales con mayores niveles de soledad a lo largo del tiempo.

En América Latina, este aislamiento es especialmente visible entre los adolescentes. Tenemos miles de amigos y seguidores, pero el vínculo humano se debilita. El periodismo, que debería ser el  tejido que une a la sociedad, se encuentra ante el reto de reconectar a las personas con la realidad que habitan y entre sí.

Una hoja de ruta para la reconexión

¿Cómo recuperar el alma del oficio en la era de la desconexión? La Fundación Gabo (institución internacional sin fines de lucro creada en 1995 por el escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez), propone una serie de pilares esenciales para un periodismo que realmente conecte. Fomentar la conversación pública. No basta con lanzar datos al vacío. El periodismo debe abrir espacios para el diálogo y la construcción colectiva de sentido.

Combatir la fatiga emocional. Es necesario informar sin agotar. Las redes sociales ya se asocian con ansiedad y depresión; el periodismo debe ofrecer contexto y acompañamiento, evitando el sensacionalismo que paraliza.

Calidad sobre cantidad. El reto no es producir más, sino seleccionar, jerarquizar y dar sentido. La síntesis son los nuevos superpoderes del periodista.

Construir memoria. En el flujo constante de lo efímero, el periodismo debe registrar voces y preservar lo que importa para que los hechos no se diluyan en la inmediatez.

Desactivar la polarización. Titulares incendiarios y narrativas de «bandos opuestos» solo profundizan la grieta. El periodismo que conecta es aquel que aporta matices y múltiples voces.

Informar ya no es suficiente

El sol se oculta y las pantallas vuelven a brillar con más fuerza en la oscuridad. El desafío es inmenso. En un ecosistema diseñado para la distracción, el periodismo tiene la responsabilidad de recuperar su capacidad de conectar con los hechos y con las personas.

Si el oficio se limita a ser una pieza más del engranaje del entretenimiento algorítmico, corre el riesgo de desaparecer en el mismo ruido que pretende explicar. Porque en esta era de hiperconexión digital y desconexión humana, informar es solo el principio; el verdadero arte del periodismo ahora es reconectar.